23 may. 2011

EL SOL DE LA ESPERANZA COLECTIVA VIENE ASOMANDO

Dar sentido al 25 de mayo


Por Roberto Follari (*)

Nada más aburrido que las efemérides patrias. Desde nuestra escuela en tiempos de infancia, las fiestas del 25 de mayo y 9 de julio se nos aparecían insustanciales y repetitivas. Estaban ligadas a figuras de próceres tan estereotipados y perfectos que, evidentemente, no servían de ejemplo para la vida de los ciudadanos comunes, terrenos y carnales.

La noción de soberanía no nos parecía clara. Habíamos logrado la libertad primero y la independencia después, pero no resultaba evidente que fuéramos libres -vivíamos surcados por dictaduras recurrentes- ni tampoco independientes, pues desde las potencias del mundo se nos ordenaban planes económicos y modelos culturales.

Crecimos, y pudimos advertir que la historia no se repite. Lo sucedido en 1810 tuvo sentido en su momento, pero la historia actual no se resuelve desde el pasado. Hay que hacer cosas nuevas, actos inaugurales que en el presente renueven aquello que se decidiera en épocas pretéritas.

En los años noventas nos alcanzó el paroxismo de la negación de la libertad y la independencia. Humillados, aquellos que siempre bregamos por sostener esos principios, tuvimos que soportar cómo se los pisoteaba metódicamente. Desde aquel discurso de "nada de lo que deba ser del Estado permanecerá en el Estado" hasta las prácticas permanentes de corrupción y de venta abaratada del patrimonio estatal, fuimos viendo cómo conquistas sociales obtenidas durante décadas eran barridas de un plumazo, y cómo podía usarse la plataforma del peronismo para operar exactamente lo contrario de lo que éste representó entre 1945 y 1974, año -este último- de la muerte de Perón.

Pero la historia deja sedimentos. Si bien la dictadura iniciada en 1976 asesinó y persiguió minuciosamente a los militantes de lo popular, la memoria histórica siguió viva en Argentina. Habían existido años de justicia social en el país, de clara mejora para los de abajo; y también promesas de una sociedad definidamente distinta, surgidas en aquel período que se abriera con el cordobazo y que diera lugar a la "juventud maravillosa", a esa generación señera de los años setentas, jugada a la idea de cambiar el mundo.

Después de Carlos Menem vino todavía el gobierno de la Alianza, hegemonizado por la UCR (Unión Cívica Radical, centenario partido político liberal). Como todos los gobiernos de ese signo desde 1930, se cayó antes de terminar su mandato. Este, peor que otros: a menos de dos años de haber asumido, el sumiso cumplimiento de las recetas neoliberales y privatistas -que incluían recorte de los salarios, algo inédito en el país- llevó a atizar la cólera popular. Llegó así el 2001, el "que se vayan todos", y la Alianza dirigida por el radicalismo se fue del gobierno; pero antes dejó 35 muertos por represión en una sola tarde, desmintiendo abiertamente la supuesta tradición institucionalista del partido fundado por Leandro N. Alem. Por cierto, a esta fecha nadie está preso por las responsabilidades de esa jornada ignominiosa.

La venta del país había sido consolidada, la ausencia de soberanía se notaba incluso en que el FMI vendría a realizar auscultaciones de las finanzas de las municipalidades, mientras Ricardo López Murphy -por entonces insólito Ministro de Defensa- dejaba entrar tropas estadounidenses al territorio nacional sin permiso legislativo ni aviso oficial alguno.

El interinato de Eduardo Duhalde paró en algo lo peor de la situación y salió lentamente del abismo del 2001, pero no resolvió ningún problema de fondo, dio sorprendentes ventajas a múltiples empresas -Clarín entre ellas, a la que se cambió una deuda en dólares por deuda en pesos causando una enorme estafa al fisco- y sostuvo métodos represivos que se llevaron al gobierno tras la muerte de los militantes sociales Maximiliano Kostecki y Darío Santillán.

Lejos estaban las promesas de soberanía, lejos los efluvios libertarios de las fechas patrias.

Desde 2003 se produjeron modificaciones de importancia. No pudimos volver exactamente a las promesas de 1973: el mundo ha cambiado desde entonces, hoy el socialismo no aparece como opción viable. Tampoco se ha "tomado el poder" -como entonces se reclamaba-, ni ha existido una revolución de por medio. Lo realizable se está realizando; incluso con una herramienta problemática como es el Partido Justicialista, que con la conducción del kirchnerismo ha sostenido políticas muy diferentes a las de los noventas.

Nos sacamos de encima al Fondo Monetario Internacional; se hizo una extraordinaria negociación de los bonos de la deuda externa, que ahorró cerca de 100.000 millones de dólares al país; se asumió una política internacional latinoamericanista a través de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) -que salvó de golpes de Estado tanto a Evo Morales como a Rafael Correa-; se decidieron políticas económicas heterodoxas respecto del neoliberalismo, con notable éxito de crecimiento económico; se practicó importantes políticas redistributivas -la Asignación Universal por Hijo es la más notable-; se asumió una política de soberanía ante la prepotencia imperial, tal cual fue evidente en el episodio que impidió a un avión militar de Estados Unidos ingresar a la Argentina material ilegal.

Asoma la independencia como algo posible. Por supuesto, a la manera de épocas de globalización: nadie puede ya encerrarse sólo en el mercado interno, independizar hoy las decisiones no es desengancharse del intercambio económico planetario. Sí es, por cierto, tomar decisiones por sí mismo, en lo posible acordando con los demás gobiernos progresistas de la región.

Hay mucho por hacer; siempre lo hay aún en los mejores regímenes políticos y nosotros venimos, como alguien solía decir, desde el infierno. Falta profundizar y consolidar la soberanía pero en ello se está, a diferencia de los tiempos de gobiernos entreguistas que dieron lugar a las que hoy son oposiciones políticas en el país.

Y las libertades, por cierto que están a la orden del día. Se usa la plena libertad de prensa para decir que no hay libertad de prensa, se propala sin censura alguna toda clase de ataques y de insultos contra la figura presidencial y su entorno. El gobierno nacional sostiene tozudamente su decisión de no reprimir la protesta social; es así que se da la paradoja de un gobierno acusado de hegemonismo y concentración del poder, que permite todas las manifestaciones en su contra sin asomo de represión: el ejemplo -como no conocemos parangón en el mundo- es no haber reprimido la toma de decenas de rutas nacionales de manera simultánea durante nada menos que tres meses seguidos cuando la discusión sobre la Resolución 125 –que regulaba las retenciones a las exportaciones agrícolas- en el año 2008, incluso cuando los que interceptaban carreteras llamaban de manera indisimulada a voltear al gobierno.

Libertad e independencia, entonces, están dejando de ser palabras vacías. Muchos jóvenes se han acercado al gobierno tras el Bicentenario y la muerte de Néstor Kirchner, mostrando interés por recuperar para la política su prístino sentido de gobierno, de la cosa pública para sostener el bien de las mayorías sociales.

"Ya el sol del 25 viene asomando", cantábamos en las fiestas repetidas de nuestra infancia escolar. Y por una vez el símbolo del día que nace coincide con el sentimiento histórico, con la situación objetiva. "Y su luz en el Plata va reflejando", espejo de una esperanza colectiva que ahora se ha reavivado y sostenido.

(*) El autor el Dr. En Psicología de la Universidad Nacional de San Luis. Docente e investigador de la Universidad Nacional de Cuyo, y en posgrados de diversas universidades argentinas y latinoamericanas. 
FUENTE: APM