11 jul. 2011

LA PIEDAD Y LOS PORTEÑOS

Tengan piedad: soy porteño

Por Orlando Barone


Hay momentos de crisis espiritual o de colapso anímico en que alguien desea lo contrario de lo que tiene; momentos en que desesperado por su condición humana alguien desearía ser perro o pájaro. O carpintero en lugar de burócrata, pecadora en lugar de virtuosa, chanta en vez de honrado. Hay momentos políticos como éste en que un porteño desearía no serlo.

No se trata de esa más o menos frecuente ilusión de abandonar por sofoco la gran ciudad hacia un pueblo distante más tranquilo y humano, ya que también sucede a la inversa: provincianos que emigran para dejar de serlo. Tampoco es un trueque de geografías- de cambio cultural y de paisaje- según fluctuaciones anímicas o situaciones familiares. Sino que se trata de algo más antropológico y profundo: de la repentina fantasía de dejar de ser porteño para ser provinciano.

¿Por qué mi ciudad- se pregunta esta crónica- se “desciudadana” de casi todas las otras ciudades argentinas? ¿ Por qué desvota lo que millones de argentinos votan y desean seguir votando, y por qué desea para si un país a la inversa del país que tantos otros sueñan y aspiran? Y aunque no está dicha la última palabra ha sido dicha la antepenúltima. Para pronunciar la última habría que recobrar la divina fuerza de Lázaro.

Sé –lo supe y sabía desde siempre- que esto que están haciendo la mitad de los porteños a favor de la derecha desde ambos flancos- la derecha y la izquierda socias cínicas- no forma parte de un ideario sino de un rencor. Y de ese egoísmo cruzado con “desideología” en el que se sustenta el hereditario capricho de su antiperonismo probado.

La diferencia entre el PRO y el Frente para la Victoria es tan grande como el agujero que aquel témpano le hizo al Titanic. Y que parece tan indescontable que para descontarla habría que mandar sicoanalistas casa por casa, con el riesgo de que los sicoanalistas vuelvan convencidos de votar a Macri. Está bien, consolémonos : ha habido casi ahogados que al final revivieron y amores casi muertos que excepcionalmente volvieron a encenderse.

Lo que no hay en la Ciudad de Buenos Aires es pudor político. Y Durán Barba- el asesor- y Mauricio Macri- el actor- lo saben.
Convirtieron en éxito lo que en otras geografías argentinas sería un bochorno. No se esperaba que hubieran atraído a público tan heterogéneo e incombinable como el agua y el aceite; sean un votante de barrio humilde y un residente palaciego.

O un saqueador y el saqueado. Y también de barrios medios y medios y mediecitos. Los otros, los porteños en minoría que apoyaron el proyecto colectivo de la Nación, nos damos cuerda tratando de enumerar causas y motivos. Como los hinchas de River o los analistas del seleccionado de fútbol. No perdamos tiempo. Calentemos la segunda vuelta para el voto. Todavía hay vida y esperanza. Es poco.

Pero para algo sirve todo esto: para darle fundamento a tantos provincianos que desconfían del porteño. Y ahora nadie podrá ir a decirles que era por prejuicio.

En octubre todos ellos, en provincias y pueblos, tendrán la oportunidad de probar por qué son diferentes. Votando en colectivo y no solos.