17 jun. 2011

UNA MIRADA SOBRE LA DEFRAUDACIÓN A LAS MADRES Y SUS IMPLICANCIAS POLÍTICAS

Hebe y el problema de salirse de la quintita


Por Fede Vázquez

El autor del blog Acquaforte (*) realiza un análisis lúcido de la defraudación a las Madres de Plaza de Mayo y sus implicancias políticas, más allá del martilleo sobre Schoklender de los medios concentrados.

La figura de Schoklender es de por sí “polémica”, fácil para las conjeturas oscuras y para la calificación sicológica. Tiene todos los números para cargar con la culpa. Si existen irregularidades en cómo se gastaron inversiones públicas para la construcción de viviendas, es obvio que quien era apoderado de las Madres va a estar en el ojo de la tormenta. Está bien. No es este el asunto. O sí, pero no por eso podemos limitar la discusión al terreno judicial, sin ir al hueso político que vino a destaparse. Gritar al cielo que se quiere ensuciar el buen nombre y honor de las Madres no esclarece nada, ni parece ser una carta de triunfo para una defensa de los organismos de derechos humanos.

El punto ciego que no se quiere ver es que las Madres, en su derrotero político quisieron dejar –y lo lograron- el lugar de los derechos humanos para reconstituirse como una organización social y política. Con objetivos y prácticas que van más allá de la búsqueda de justicia en los tribunales. Es un camino que se nutre de dos vertientes: una ligada a la conversión de Hebe al kirchnerismo, que potenció las posibilidades políticas y de recursos para dar un golpe de timón a las actividades que venía haciendo la Asociación como, por ejemplo, construir viviendas. La otra vertiente tiene que ver con algo que es más molesto de admitir para quienes en los noventa nos sentimos más cercanos a Línea Fundadora y Abuelas: desde esos años las madres de Hebe siempre buscaron ir más allá del discurso de los derechos humanos, aun cuando sobre esa “especificidad” todavía quedaban grandes cuentas pendientes. 

Hebe quiso hacer política –con socios lamentables como los troscos o la ultraizquierda ultrainfiltrada en su momento- y eso siempre fue un tajo en la relación con los demás organismos y con gran parte de los que acompañaron la lucha por el reclamo de verdad y justicia. Así, el presente de la Asociación se explica mejor desde esa pulsión de Madres por poner más énfasis en la reivindicación política de sus hijos, antes incluso que en el juzgamiento a sus asesinos. No digo que eso esté bien o mal, pero sí que es una elección muy temprana que después, en otro contexto y con un vuelco sorprendente hacia el oficialismo, se conecta con poner las energías en montar una empresa constructora, por ejemplo. En algún punto, para Hebe los derechos humanos son una instancia de reclamo a superar. Desestimó la idea de ir desarmando con paciencia la telaraña de la impunidad, de enfrascarse en los miles de subterfugios de la justicia para lograr una sentencia, de trajinar los despachos de tribunales. Eso es Estela. Estela es la conciencia argentina que dice: “perá, perá, yo tengo derechos, no podés hacer esto y quedar libre, no se pueden matar inocentes, menos quedarse con sus hijos”. Todo sin despeinarse, sirviendo el té a las cinco, hablando como una señora de su casa. 

Hebe es la que te arruina la fiesta. La que dice esa palabrita que justo no había que decir, al menos no en ese momento, no con ese invitado al que vos querías arrimar a la mesa. Hebe viene y te manda todo a la mierda. Pero la contracara de eso es que, al mismo tiempo, arma un obrador en el Chaco. Es parte de la misma esencia. La pregunta inevitable es: ¿Tenían las madres que ponerse a hacer casas? ¿No era mejor que se quedaran en su “especificidad” de lucha cívica? Se puede pensar como un espejo con los sindicatos. Moyano quiere poder político, no quiere quedarse tampoco él en su especificidad de reclamo de salarios y arreglo de convenios. Y eso, al menos en los papeles, haría las delicias de los sueños revolucionarios: trabajadores que no se conforman con el lugar asignado para la lucha económica. O en el caso de las Madres, como movimiento social totalizador, hiperpolitizado. Pero a Moyano y a Hebe (¿habrá otras dos figuras tan desprestigiadas por los medios?¿Habrá otras dos tan conocidas y donde ese desprestigio haya calado tan hondo, aún en los sectores que deberían ser sus sostenes?) les pasa lo mismo: quieren algo que necesita de otros modos para ser construido. Dicho de otra forma: querer romper la quintita del espacio político-simbólico que la sociedad les asignó tiene el costo de que para superarlo hay que quedar al desnudo. Desguarnecidos ante reglas de juego que conocen poco y manejan con cierta torpeza. Algo similar se podría decir de Milagro Sala.

En ese sentido, revindicar lo impoluto de la lucha por los derechos humanos, exigiendo separar quirúrgicamente los tantos (“Schoklender es el acusado, Hebe no tiene nada que ver. Y al final de cuentas, Hebe no son todos los organismos, etc”) nos va a hacer retroceder más, porque lleva implícito la censura de una participación política múltiple, dónde los actores no estén conferidos a sus terrenos, a sus nichos de mercado y tengan el derecho a toda la diversificación que quieran (y puedan). La contracara de eso es que ya no sirve refugiarse en los pañuelos como paraguas ético. Habrá que mostrar los balances de las empresas, los contratos con el Estado, confirmar judicialmente la trasparencia. 

Maradona no tiene razón: si uno juega a fondo, la pelota se mancha. Los pañuelos también. Hebe usó su capital político y simbólico para volcarlo en una apuesta de alto riesgo. El riesgo de pasar de ser un micrófono encendido contra todo y todos, a firmar convenios y comprometerse a gestionar mucha guita y ponerse al hombro la esperanza de gente que necesita una casa. Ésa apuesta, ese salto al vacío, es exactamente lo que hay que bancar.


(*) Este post se publicó originalmente el 7 de junio en la Revista Zoom