28 may. 2011

LA DERECHA POSMODERNA

La derecha que quedó en los papeles


Por Lucas Carrasco

El auge de una derecha posmoderna europea, las diferencias con ese mismo sector político en Estados Unidos y América Latina. El rol de
algunos empresarios y sus hijos en el armado político conservador de la Argentina.


Hay en auge una derecha de carácter posmoderno, sobre todo en Europa, distinta de esa derecha articulada con minorías intensas de la religión que transcurre en EEUU (y en todo el mundo cultural anglosajón) y distinta de la derecha sudamericana post dictaduras que se encarna en partidos fugaces, auto promocionales, sustentados en empresarios –o hijos de empresarios- que sin contradecir jamás las corporaciones religiosas conservadoras –no tanto evangelistas, sino católicas- se ubica en un punto intermedio de la audacia posmoderna de las derechas europeas. Y Macri es eso. También De Narváez. Y sienten el peso de carecer de estructuras partidarias y climas intelectuales favorables cuando, por ejemplo, tienen que vertebrar una alianza con conservadores populares de tipo más “clásico” como el gobernador santafesino Hermes Binner. Punto de ruptura entre El Hijo De alfonsín que es candidato orgánico de un partido corrido a la derecha y los sueños algo a contramano de una socialdemocracia que hace agua en “los países serios”.
La falta de tradición histórica en el terreno de la democracia se hace sentir en la formación partidaria de una derecha con capacidad de gobierno nacional, hoy inexistente. Esencialmente, por que los componentes “estructurales” de un liberalismo económico que ponga el estado patas arriba, pero sustentado en un liberalismo político de respeto a las instituciones, hoy están en resistido proyecto de cambio y adaptación; como la cúpula de la iglesia católica o la “familia militar”. Asimismo, su contracara –las oligarquías provinciales de productos primarios de exportación- y las más modernas corporaciones económicas insertas en la globalización –integradas, principalmente, en AEA, la Asociación Empresaria Argentina- se fortalecieron durante la vigencia de un esquema neoliberal sólido hoy inexistente, y sus patrones de conducta y también sus planes de negocios se forjaron sobre ese horizonte. Readaptarse es posible y necesario – las cifras de remisión de utilidades, ganancias y evasión fiscal lo demuestran- pero no puede exigirse que esto se haga con gusto.

¿Porqué en Chile sí fue esto posible?

Porque Chile no tiene lazos sólidos con un compromiso de integración latinoamericana, dado que vive una democracia restringida –más de tipo “centroamericano”- de fuerte peso monoproductivo y de chica linda en un vecindario de negros feos. Pero no es Chile una excepción ni una isla: el actual presidente chileno hizo el recorrido político y electoral, en un contexto cultural más adverso (porque la ausencia de voluntad de la socialdemocracia hegemónica por romper los moldes de la democracia restringida y el neoliberalismo, no llevaban a los poderes fácticos a desesperarse con el cambio, como sí sucede en la drama político argentino de estos días), que Mauricio Macri tenía escrito en los papeles, y que aún puede, aunque pensando en el próximo turno electoral de 2015, cumplir. Claro que primero debería encontrar un sujeto social capaz de sostener su propuesta: las oligarquías provinciales, las cúpulas eclesiásticas y el duro conservadurismo judío, digamos, un Bergoglio y un Bergman, más el aporte de la AEA y el entusiasmo de sectores medios rurales y urbanos. Hoy, eso no es posible, fundamentalmente por que se rompió la unidad de acción de este conjunto que imperaba también en los papeles del sueño húmedo de constituir un Grupo A. Lamentablemente para esta asociación lícita de una derecha potencial, la táctica vacía de armar un Grupo A se llevaba a las patadas con los mecanismos reales de respeto a las instituciones, la vigencia del estado de derecho y el espíritu republicano. Y dado que las banderas del oficialismo apuntan a organizar la acción –“profundizar el modelo”- articulándose conceptualmente detrás de un relato refundacional con eje en la democratización, la necesidad de robustecer una aún inexistente derecha pura y democrática, quedó nomás en los papeles. La vieja estrategia de cooptar los partidos populares –sea torcerle el brazo al débil Hijo De alfonsín, sea buscar una figura más débil ideológicamente y más permeable dentro del kirchnerismo (las variantes de Scioli, Urtubey, etc) – volvió en todo su esplendor, disimulada con las ganas y los deseos que se cuelan de que Cristina finalmente no vaya por la reelección. Si se acerca la lupa, el fracaso de constituir una derecha atractiva electoralmente en el plano nacional, radica en la imposibilidad de quebrar doctrinariamente la concepción de peronismo que aglutina al oficialismo K.
La tarea de armador de consensos entre las cúpulas religiosas reaccionarias, las oligarquías provinciales, la frivolidad posmoderna, las duras demandas de la AEA y la impolítica de sectores medios urbanos y rurales había quedado en el haber del llamado peronismo disidente. Que se creyó el papel y terminó disintiendo hasta en su interior, al punto de implotar. Pero esta implosión no provino solamente de su interior, sino del caldo de cultivo cultural donde perdieron la estratégica batalla en torno a qué es el peronismo hoy. Esa derrota, en el campo de la cultura, es la organizadora de este papelón de armar una derecha democrática.